Artículo Primero
Es muy importante en la educación de los niños, que los padres enfrenten un determinado problema de manera espontánea y empática.
Actuar de acuerdo con las recomendaciones ajenas no provoca en los padres las sensaciones de confirmación que surgen cuando han comprendido el problema y se puede hacer algo al modo de cada padre.
En casi todos los problemas de la educación de los hijos, el padre o la madre y el hijo son el problema, y son también la solución.
Donde pueden influir los padres es en la forma en que el niño experimente el acontecimiento y en lo que éste signifique para él.
Sea cual fuere el problema, la percepción de los padres respecto de sus hijos, en relación a los aspectos emotivos y psicológicos centrales, de su naturaleza y sus orígenes, los acercará más a su resolución.
Pero, para clarificar estos aspectos, los padres deben valerse de su propia percepción.
Freud descubrió que era falaz la idea de que las percepciones del psiquiatra bastarían para mitigar el problema del paciente; ni siquiera cuando esa percepción era completamente correcta beneficiaba al paciente.
Sólo si la propia persona consigue percibir lo que pasa en su interior sacará provecho de ello.
La ansiedad del padre o de la madre provoca ansiedad en el hijo.
Sin embargo, dadas las diferencias entre los padres y el hijo, es probable que la fuente y la naturaleza de la ansiedad sean distintas y que también lo sea su forma de expresarse.
Menos fácil de reconocer es que si las personas reaccionan con grados de ansiedad muy diferentes ante el mismo peligro, el origen de estas variaciones no estará en la situación, sino en otra cosa.
Este otro factor es el grado de confianza o desconfianza básica que en una persona inspira la vida, la medida de su optimismo y de su pesimismo, el equilibrio de su seguridad y de su inseguridad internas.
Las investigaciones revelan que estas actitudes básicas se forman mucho antes del acontecimiento, aunque éste provoca la expresión arrolladora de lo que, sin el acontecimiento, no hubiera pasado de ser una serie de ansiedades relativamente latentes.
Esas personas pueden adquirir una percepción de lo que había causado su desconfianza original, o su inseguridad y pesimismo profundos en relación con el mundo y el probable destino que les esperaba en él.
Cuando se adquiere esta percepción, estos sentimientos experimentan cierto alivio, a la vez que la ansiedad que despierta el peligro actual queda muy reducida.
Cuando se comprende que gran parte de la ansiedad que se padece ahora no obedece tanto a un peligro inminente como a experiencias anteriores que no han sido resueltas y que antes se desconocían, aumenta la capacidad de afrontar la situación presente y de ayudar a los hijos a vencer sus ansiedades.
La ansiedad de los padres hace que la vida sea muy difícil para ellos y para el hijo, ya que éste responde a la ansiedad de aquéllos con otra aún más seria y entonces las ansiedades se agravan recíprocamente.
Sea cual fuere el agente desencadenante, la reacción ansiosa del padre o de la madre crea siempre una ansiedad extrema, incluso de pánico, en el hijo, con independencia de la situación que pueda haber despertado la del padre o de la madre.
El niño responde a ello como si fuese un acontecimiento verdaderamente demoledor.
La explicación es que la precaria seguridad de un niño depende no de su capacidad de protegerse, sino de la seguridad de los padres.
Cuando de pronto parece que éstos no pueden afrontar la situación, el niño pierde la poca seguridad que haya tenido hasta entonces.
Su mundo se desmorona de forma mucho más radical que el de los padres, los cuales, por grande que sea su ansiedad, todavía disponen de algunos mecanismos para contener con lo que ocurre o todavía tienen un mínimo de confianza en que la sociedad acudirá en su ayuda.
El niño de corta de edad no puede consolarse con estos pensamientos; su seguridad y su consuelo proceden únicamente de los padres.
Si éstos se muestran paralizados por la ansiedad o impotentes ante ella, el pequeño se desespera.
Las cosas empeoran para él porque su estimación de la realidad se basa en las señales que recibe de los padres.
Cuando estas señales le indican que hay motivos para sentirse muy ansiosos, entonces responde, no con sentimientos que serían apropiados para el posible peligro, sino con los que son apropiados para la ansiedad que nota que le transmiten los padres.
Sobre las causas de esa ansiedad normalmente no sabe nada, o sólo tiene una idea muy vaga, lo que incrementa su sensación de desamparo.
Toda ansiedad de cuya fuente no estamos seguros resulta mucho más inquietante que una cuyo origen conocemos.
Un ejemplo cotidiano, se ve en las dificultades que experimenta el padre o la madre para separarse del niño cuando éste ingresa en el parvulario.
La ansiedad producida por la separación es una de las más básicas de cuantas experimenta el hombre; todos estamos sometidos a ella en mayor o menor grado.
Durante el período de lactancia se teme que nos abandone nuestra principal cuidadora, que suele ser la madre.
Lo que experimentamos de cómo el padre o la madre resuelvan esta ansiedad determinará en gran medida la forma en que el hijo hará frente a la ansiedad de la separación más adelante.
Muchos niños, titubean un poco ante la situación nueva que representa el parvulario, y al principio les cuesta un poco separarse de la persona que los acompaña, que normalmente es la madre.
Algunos niños se adaptan con facilidad y otros sólo con la mayor y más prolongada dificultad.
Todo depende de las señales que el niño reciba de la madre; si le indica que la situación es deseable y no ofrece peligros, el niño no tardará en disfrutar de la nueva experiencia.
Si en cambio, la dificultad inicial del niño para separarse de su madre evoca en ésta respuestas que le sugieren al pequeño que también a ella le preocupa lo que pueda pasar y no desea dejarle, entonces, el disgusto del pequeño se hace más hondo.
Esto parece validar e incrementar las preocupaciones iniciales de la madre; el niño gime se aferra a la madre, que siente crecer su inseguridad sobre si será capaz o no de resolver la situación, sobre todo si es el momento oportuno para que el pequeño empiece a ir a un parvulario.
Incluso cuando la madre tranquiliza al niño diciéndole que no correrá ningún peligro en la escuela, para entonces el niño ya se habrá dejado llevar por su ansiedad y no reaccionará ante las palabras de la madre, sino reaccionará tan sólo ante los sentimientos de ansiedad que la separación produce en ella.
La ansiedad de la madre, mucho más que la del hijo, es el factor causante del proceso.
Ello se debe a que la madre sabe algo que el niño no sospecha: que esta separación no es más que el principio de un largo proceso cuya culminación será el momento en que el niño tendrá una vida propia, independiente de sus padres, a medida que vayan transcurriendo los años en la escuela y finalmente salga a la vida.
Normalmente, la anticipación ansiosa de las separaciones mucho más serias que han de venir es lo que provoca la ansiedad de separación en la madre, ansiedad que en todo momento se halla presente en su inconsciente como resultado de sus propias experiencias infantiles.
Sería mejor invitar a la madre que no quiere separarse de su hijo a tratar de recordar su propio primer día en la escuela, cuáles eran sus esperanzas y ansiedades y de dónde nacían.
Recordar lo que sintió en aquel momento y lo que al final la ayudó a dejar a su madre quizá le permita hallar su propia manera de hacer que la experiencia le resulte más fácil a su hijo.
Puede que también se dé cuenta de que el apego del hijo a ella no se rompe porque el niño haya empezado a ir a la escuela; este reconocimiento, como experiencia interna, debería dar a una madre, incluso a una madre ansiosa, la seguridad que necesita para soltar al pequeño.
Es posible comprender mejor la ansiedad del niño cuando el padre o la madre utilizan la experiencia para descubrir qué sintió en situaciones parecidas cuando era niño o niña.
Semejante empatía le permite comprender el origen de su propia influencia en la actitud del hijo ante la escuela.
Comprenderá el papel que interpreta la ansiedad que las separaciones causan en él y en el niño.
Un padre o una madre no pueden descubrir esto hasta después de haber entendido la verdadera naturaleza de la ansiedad de su hijo, que no tiene nada que ver con lo que puede pasar en la escuela, sino obedece sólo al miedo a perder a su madre.
Los consejos de los expertos no ayudarán a los padres si éstos carecen de las experiencias internas apropiadas: hasta es posible que tales consejos les impidan iniciar la laboriosa tarea de descubrir cosas sobre su propia vida y su propio ser que les acerquen al hijo y viceversa.