La presencia de los padres no siempre tranquiliza lo suficiente al hijo frente a un miedo del niño como, por ejemplo, el de perderse.
Incluso estando con ellos puede experimentar ansiedad al pensar que podría verse separado y no podría encontrarlos.
El temor a ser abandonado es una importante ansiedad en la infancia y el niño es capaz de imaginar muchas maneras en que puede producirse dicho abandono.
Cuando el terror se apodera de la persona, las explicaciones racionales no afectan su modo de sentir.
La compostura del padre o de la madre demuestra dominio de sí mismo y de la situación, pero al niño siguen abrumándole sus emociones y temores.
Si cree que el padre o la madre no aprecia el grado de su ansiedad, la seguridad impertérrita que despliega el adulto no es una ayuda, sino un inconveniente.
Al niño le parece que el padre o la madre están hablando de un mundo totalmente distinto; lo que dice sobre este otro mundo (adulto) no es aplicable al mundo del propio niño y no mitiga su terror.
Si hace memoria, la mayoría de las personas recuerda terrores infantiles, quizás al entrar en una casa oscura y desconocida o dormir en una habitación sumida en una gran oscuridad.
Al gritar que veían algo acechando en las tinieblas, el padre o la madre explicaron tranquilamente que no había nada que temer, pero si su tono de voz o su actitud revelaba que, a su modo de ver, el niño se estaba comportando como un tonto, quedaban convencidos de que los padres desconocían todos los terrores que pueden acechar en la oscuridad.
En cambio, si se mostraba empatía por el temor, el niño se sentía más tranquilo y la ansiedad disminuía, porque se daba la impresión de que ya no estaban solos con su ansiedad.
El padre o la madre que permanece alejado del terror del niño no están con ellos en la situación; se quedan fuera de la experiencia.
Si responden al estado emotivo del hijo en lugar de a su valoración objetiva de las cosas, entonces hacer lo que querían hacer no parecerá muy importante, mientras que aliviar el terror del niño tendrá precedencia ante todo lo demás.
Para reducir su terror, los padres procuran calmarle, tomarle en brazos e infundirle tranquilidad, o recurrir a algún otro procedimiento, en vez de esperar que acepte explicaciones razonables en un momento en que el grado de su ansiedad se lo impide.
Una comprensión empática de lo que puede motivar a un hijo cuando se pone difícil o algo lo turba, unido a recuerdos sacados de la propia vida, hace posible la aceptación interna de la conducta del pequeño.
Sin ella, es probable que el padre o la madre reaccionen con enojo.
Este enojo suele pasar desapercibido, hace que en el momento resulte difícil sentir empatía por el niño.
Por ello a veces los padres no aciertan a ayudar al niño a dominarse; su ira no hace más que incrementar la ansiedad del hijo.
Pero cuando pueden recordar experiencias similares de su infancia, resulta casi imposible enfadarse.
La comprensión intelectual no basta; también deben abrirse a sus propios sentimientos y recuerdos de experiencias paralelas en la infancia a fin de encontrar pistas válidas sobre lo que deben hacer para aliviar al niño.
Si consiguen recordar lo que los paralizaba de terror, puede que recuerden también lo que deseaban que hicieran sus padres para ayudarlos a sentirse mejor; y esto sugerirá lo que podría dar resultado ahora.
Cuando el recuerdo nos falla, deben probar suerte con otro enfoque y preguntarse qué les podría hacer actuar igual que su hijo, por diferentes que sean los detalles externos de la situación.
Puede que sea difícil creer que hay situaciones en la vida que pueden hacer actuar a una persona como nunca pensó que actuaría.
De los niños no cabe esperar tanta disciplina.
Cuando un hijo haga algo, un padre nunca debe permitir que la vanidad lo empuje a pensar: "Yo nunca haría eso".
Al contrario, tiene que creer que si la concatenación de circunstancias fuera la misma, se sentiría exactamente como su hijo y que, si bien tal vez no actuaría igual que él, ello se debería sólo a que su conocimiento del mundo es mucho mayor, así como a su capacidad madura de dominarse.
Si acepta esta verdad, no resulta tan difícil imaginar lo que podría inducir a su hijo a actuar así.
Para ser plena y positivamente eficaz, el amor de un padre o una madre tiene que estar iluminado por la capacidad de reflexión.
Todo lo que hacen, además de cómo y por qué lo hacen, surtirá un efecto consciente o, más a menudo, inconsciente en su hijo.
Debe conocer y evaluar sus motivos en lugar de darse por satisfecho con examinar únicamente lo que puede aprobar con facilidad.
Los padres deberían reconocer en beneficio de quién actúan realmente ?si en el de ellos o en el de su hijo- y la posibilidad de que pueda influirles la preocupación por las reacciones ajenas: de los padres, los amigos y los vecinos.
Esto no quiere decir que esté mal actuar en provecho propio cuando sea conveniente; sólo significa que deberían ser concientes de ello en vez de tratar de engañarse a sí mismos o, lo que es peor, a su hijo, fingiendo que actúa exclusivamente por su bien.
Ejemplo frecuente de este engaño por parte de los padres es lo que ocurre a la hora de acostar al niño.
La mayoría de los padres suelen ser flexibles en lo que se refiere a la hora en que los hijos deben irse a la cama, pero también son capaces de ser muy inflexibles cuando les conviene.
Si están cansados por la noche y quieren descansar un poco, o desean tiempo para dedicarlo a sus ocupaciones de adultos sin que el niño los moleste, tienden a insistir en que el pequeño se acueste porque ya es hora y porque necesita dormir; lo cual es indudable: todos necesitamos dormir.
Pero no hay nada sagrado en acostarse a determinada hora, cosa que sabemos por experiencia propia, ni lo hay en que estas horas necesarias de sueño empiecen o terminen en tal o cual momento; no lo hay en el caso del niño pequeño que no tiene que ir a la escuela por la mañana.
También sabemos por experiencia que cuando perdemos unas horas de sueño una noche, podemos recuperarlas la noche siguiente; a nuestros hijos se les ofrece la posibilidad de echar una siesta más larga el día siguiente.
Nada malo hay en desear unas horas de libertad por la noche.
Sólo se convierte en un problema si los padres creen que mandan al niño a la cama en beneficio de éste en lugar del suyo.
En este último caso, si se insiste en que debe acostarse a una hora determinada, en lugar de mostrarse flexibles, se encuentran ante un ejemplo de recurrir a las reglas para ahorrarse la molestia de examinar cada vez el grado de cansancio del niño, o su disposición interna a dejarlo todo para el día siguiente.
De esto el hijo se percata a una edad muy temprana, exactamente a la edad en que empieza a protestar cuando le ordenan que se acueste, que también es la edad en que se ha dado cuenta de que los padres se acuestan cuando les parece bien, según como se encuentren y lo que esté pasando en ese momento.
El niño sólo es conciente de que desea permanecer levantado más tiempo porque quiere hacer algo o seguir participando en lo que esté pasando en casa.
Pero esto no quiere decir que en otro nivel no le moleste el poder que tenemos para obligarle a hacer lo que él no quiere hacer.
Lo que a un niño le resulta especialmente odioso es que le digan que está cansado cuando él no se siente así.
Si bien acepta sin reservas que sus padres saben más que él sobre el mundo en general, porque es obvio que así es, este conocimiento no se hace extensivo a los sentimientos del propio niño; puede que éste sea incapaz de expresar dichos sentimientos, pero los conoce.
Los niños poseen un sentido muy sutil que les dice en provecho de quién tiene lugar tal o cual cosa, si de él o de los padres.
Un niño aceptará que los intereses de los padres son legítimos, aunque sus consecuencias puedan ser desagradables para él, cuando son francos en relación con sus motivos.
Pero a la mayoría de los padres les duele la impresión de que se los están quitando de encima, y lo mismo le ocurre al hijo.
La sensación de dolor da paso a otra de ira si alguien intenta disimular que se está librando de uno y, a modo de excusa, dice que lo hace estrictamente por nuestro bien; y lo mismo ocurre en el niño, aunque no pueda percibir claramente qué es lo que le hace sentirse tan dolido y furioso ni pueda expresarlo con palabras apropiadas.
Esta situación deben verla tanto desde la perspectiva de padres ?necesitan tiempo para ellos y el niño necesita dormir toda la noche- como desde la del niño.
Éste cree que cuando se hace salir a una persona de una habitación es porque no se la quiere, porque no cae bien.
Comprender sus reacciones ante los acontecimientos cotidianos puede enseñar muchas cosas sobre el niño y sobre los padres, así como sobre la relación.
La mejor forma de convencer al hijo de que sus opiniones tienen importancia para los padres es preguntarle por ellas, no para criticarlas o rechazarlas, sino para reflexionar sobre ellas.
Preguntarle a un hijo cuáles cree él que son los motivos de sus padres, es muy distinto de preguntarle por sus motivos, aunque sólo sea porque los padres pueden obligar a obedecer, mientras que el niño tiene que recurrir a maniobras tortuosas para salirse con la suya.
Esta diferencia en la capacidad de imponer la voluntad es lo que hace que investigar la mente del hijo sea un procedimiento desigual, especialmente si los padres no están del todo dispuestos a invitarle a investigar sus motivos y a replicar a ellos de modo franco y completo.
La Hora de Irse a Dormir y Miedos Nocturnos.
Ps.Cecilia Taborga