El Castigo, ¿Da resultado?
Articulo Segundo
Esta es una pregunta que muchos padres se hacen frecuentemente, ya que en muchas ocasiones después de haber castigado a un niño o adolescente, se repite la conducta sancionada.
¿Qué será lo que escucha el niño o el adolescente al momento del castigo? ¿Qué será lo que entendió? Cada niño reacciona de modo diferente ante el castigo, según su personalidad y la naturaleza de su relación con los padres.
Hay diferencia entre adquirir disciplina e imponerla.
Los padres desean que los hijos entiendan que las normas están y las acepten.
Si comunican esto en un momento en que sienten rabia por alguna falta cometida por un hijo, éste comprenderá la emoción, pero no la razón que se le pueda estar dando.
Puede que se solucione la conducta del momento, pero no se obtendrá el objetivo más importante que es la autodisciplina.
Los padres que se dejan llevar por la emoción que les da la mala conducta del hijo, podrán pensar que está claro por qué se enojaron, pero lo más probable es que lo que el hijo aprende es que la fuerza es la razón.
Cualquier castigo, físico o psicológico, pone a una persona en contra de la otra.
Y todas las personas reconocen que las heridas de los sentimientos duran y duelen más que el dolor físico.
El castigo raras veces alcanza su objetivo.
El niño se queda con la idea de que los padres sólo se interesan por lo que ellos quieren y no por lo que quiere el hijo o por entender por qué su hijo cometió una determinada conducta.
Ningún niño que sufra un castigo se libra de sentirse devaluado, no querido.
La mayoría de las personas aprenden a evitar situaciones que llevan a un castigo y en este sentido, el castigo sí sería eficaz.
Aunque un niño sepa que ha hecho mal, piensa que tiene que haber una forma de corregirle que sea mejor que el dolor físico o el malestar mental.
La mayoría de los niños se enfadan cuando les castigan, y cuanto más quieren a sus padres, más insultados se sienten al ser castigados de esta forma y más decepciona la persona que castiga.
Cuanto más severo sea el castigo, más taimado se volverá el niño.
Aprenderá a expresar remordimiento cuando esto sea lo que se espere de él, tanto si lo siente como si no.
Un niño raras veces se convence de que algo está mal simplemente, porque lo dicen los padres.
Este algo se vuelve malo para él, porque desea que sus padres le quieran, que tengan un buen concepto de él.
Como la mejor forma de conseguir que le quieran es hacer las cosas que los padres aprueban y llegar a ser como ellos, el niño se identifica con los valores de sus padres.
Esta identificación es fruto de querer y admirar a los padres, y no ser castigado por ellos.
Aunque las críticas o el temor al castigo pueden impedir que hagamos algo que está mal, no nos hace sentir el deseo de obrar bien.
La única disciplina eficaz es la autodisciplina, que responde al deseo interno de actuar meritoriamente con el fin de quedar bien ante uno mismo, de acuerdo con los propios valores, para que uno pueda sentirse satisfecho de sí mismo y tener "buena conciencia".
La autodisciplina se basa en valores que se han interiorizado porque se quería, por admirar y desear imitar a personas que vivían en conformidad con estos valores y de esta forma se espera ser estimado por estas personas significativas.
La conciencia eficaz motiva a obrar bien, porque la persona sabe que se sufre si se siente a disgusto consigo mismo.
La persona sabe que sólo merece confianza si obra bien para evitar los remordimientos, para sentirse en paz consigo mismo, y no para evitar el castigo.
Hay factores que dan apoyo a la capacidad de respeto por uno mismo, como es el deseo de ganar o conservar la estima de otras personas cuya buena opinión se valora.
Si la persona no concede valor al concepto positivo que tengan de ella, lo que se piense no le parecerá importante.
No tiene poder para influir en su conducta, aun cuando lo tengan para castigarla.
Lo único que se hace en estos casos es tratar de evitar el castigo.
El respeto a nosotros mismos es lo único que puede impedir satisfacer nuestros deseos, y si no lo consigue, el comportamiento dependerá del cálculo de las posibles consecuencias.
Se vivirá de acuerdo con una moralidad situacional que cambiará a tenor de las condiciones del momento, en vez de vivir de conformidad con una moral anclada firmemente en los estratos más profundos de la personalidad.
La meta de los padres, respecto a la disciplina, debería ser incrementar el respeto propio del hijo y hacerlo tan fuerte y resistente, que en todo momento impida al joven obrar mal.
Cuando un niño está haciendo algo, lo que sea, piensa que ese algo es correcto, por burdas que sean sus razones, por mucho que se engañe a sí mismo al evaluar la situación.
Al reprender al niño, se debería dejar clara la convicción de que hizo tal o cual cosa sólo porque él creía que estaba justificada.
Este enfoque es el único que pondrá a salvo el respeto a sí mismo y que le permitirá escuchar a los padres de modo positivo.
Aunque estén enojados, porque el niño se ha portado mal, deberían recordar la advertencia de Freud: la voz de la razón puede ser insistente, pero es muy baja, mientras que el clamor de las emociones a menudo abruma de tan fuerte, tanto que bloquea todas las demás voces; y así ocurre especialmente en la infancia.
Gritarle a un niño no lleva muy lejos.
Puede que se consiga obediencia, pero él sabe que lo que oye no es la voz de la razón.
La tarea de los padres consiste en crear una situación que permita oír la razón y tenerla en cuenta.
Si se sienten disgustados y ansiosos, no es probable que hablen con la voz baja de la razón, y el niño, si teme que los padres se enojen o le castiguen, no está en condiciones de escuchar esa voz baja.
El deseo de una cosa prohibida en un niño es tan grande, que anula todas las demás consideraciones.
Si los padres quieren comprender el estado de ánimo del niño, tienen que imaginarse cómo se sentirían o actuarían cuando los domina el deseo de hacer algo contra las reglas, algo que pueda hacerse con facilidad y no perjudique a nadie más.
El ejemplo más frecuente es la trasgresión de los límites de velocidad, o el saltarse las leyes de tránsito.
El niño se da cuenta de esto.
Como siempre, todo depende de lo que se hace, no de lo que se dice.
La diferencia entre los padres aceptables y los que no lo son radica en que los primeros se percatan de que su irritación suele tener más que ver consigo mismos que con lo que haya hecho el niño, y que rendirse a ella no beneficia a nadie, mientras que los segundos creen que su ira se debe exclusivamente al niño y tienen todo el derecho de actuar con ella.
El castigo, sobre todo si es doloroso o degradante, es una experiencia muy traumática, tanto por lo que implica directamente como porque pone en peligro la creencia del niño en la buena voluntad de sus padres, que es la base firme de su sensación de seguridad.