Aunque no se puede generalizar, muchos adolescentes del sector oriente de Santiago comienzan a tener relaciones sexuales precozmente.
Según un estudio del Instituto Nacional de la Juventud (INJUV), en el estrato social alto, la primera relación sexual se da el 64,7 por ciento de los casos entre los 15 y 18 años.
Por qué se inician tan precozmente y cuál debería ser el rol de los padres, es de lo que trata este reportaje.
Hay por cientos.
Parecen una isla plagada de pingüinos o lobos de mar.
Todos iguales.
En las pintas, en la forma de tomarse el pelo, en el largo de los trajebaños de ellos y en las miniaturas que usan ellas; en los collares de mostacillas, en los pareos en los que se tienden; en los mil accesorios que desparraman alrededor de sus cuerpos (cajetillas de cigarros, bronceadores sin filtro, zapatillas, botellas de bebida, libros que nadie lee).
Todos están con un tono fascinante, ellas prácticamente no se bañan y ellos lo hacen en patota.
Cuando juegan paletas, lo hacen siempre entre un hombre y una mujer y si pasan los papás y los saludan, se hacen los locos.
Los adolescentes en vacaciones se parecen demasiado.
Hay que hacerse de valor para interrumpirlos.
Son como guetos, comunidades minúsculas con claves e idiomas particulares, con signos claros que dejan entrever quiénes se pueden adherir a ellos y quiénes no.
Nos paseamos por la playa después de tantear harto la situación.
De identificar qué lugar de la arena ocupan (siempre es el mismo: al frente del quiosco, al lado de la bandera, a cinco metros de la escalera, bajo el quitasol naranja), de ver que en la mañana no aparecen y que son los últimos en irse.
"¡Qué pregunta más impertinente y desubicada!", dice Paula cuando le insinuamos si su hija de 16 años tiene relaciones con el pololo.
"Por supuesto que no, pues, si la Dolores es una niñita", dice, mientras nerviosa prende un cigarrillo y apunta con el dedo a la que bien podría ser su dolores de cabeza si sospechara en qué pasos anda...
"¡Obvio que me he acostado!" , responde la aludida.
"Bueno, no tan obvio, porque lo hice una vez".
"¡Rosario, ven!".
Llega su amiga, quien también tiene 16 años.
"¿Qué onda?".
"Es periodista y está haciendo un reportaje sobre a qué edad se empieza a acostar la gente de la edad de nosotros".
"¡Qué choro!, ¿puedo ir a buscar a otras amigas?".
Las otras están en el grupo con los hombres.
Vemos la posibilidad de entrevistarlos a todos juntos, pero se niegan rotundamente.
"¡Estái loca, qué plancha!".
Vuelven la Rosario con la Carolina, la Antonia, la María, la Alejandra, la Pía, la Emilia y la Jacinta.
Todas alumnas de colegios del sector oriente de Santiago.
"No pongái los apellidos, ¿bueno?".
Transamos, mientras arremeten con los cigarros y se desploman en la arena formando un semicírculo.
"Yo me he acostado dos veces, pero sigo siendo virgen", dice Antonia, mientras la mayoría se queda callada, como asintiendo la ignorancia, y Rosario, nada de tímida y a todas luces la más docta en el tema, se ríe y le comenta: "Qué erís hueona, si eso es imposible".
"Pero si lo hice con condón".
Esta conversación espontánea y transparente que, demás está decir, no refleja a "todos" los adolescentes ni permite generalizaciones, pone en el tapete el tema de la sexualidad precoz.
Realidad ante la cual muchos prefieren hacerse los desentendidos, como queriendo creer que es imposible que de una u otra manera los afecte.
Sin embargo, las estadísticas son elocuentes y una invitación a afrontar el asunto.
El resultado de la Tercera Encuesta Nacional de la Juventud, realizada por el INJUV el año 2000, demostró que en el estrato alto de la sociedad chilena, la primera relación sexual se da en el 64,7 por ciento entre los 15 y los 18 años, mientras que antes de los 15 la cifra llega al 20,8 por ciento.
Respecto a la frecuencia de las relaciones sexuales en el mismo segmento de la población, el estudio arrojó los siguientes datos: El 22,2 por ciento tiene relaciones varias veces a la semana; el 19,1 por ciento, una vez a la semana; el 11,5 por ciento, menos de una vez al mes, y el 8,7 por ciento no ha tenido relaciones sexuales durante los últimos seis meses.
El 13,2 por ciento restante no contesta a la pregunta.
Lo quiero, lo tengo
Están entre primero y tercero medio, tienen entre 15 y 17 años.
Parecen y se sienten grandes, no precisamente adultas, pero a kilómetros de distancia de la niñez.
Sin embargo, a medida que avanza la conversación y se van sacando conclusiones, queda clarísimo que en el tránsito de su desarrollo ya dejaron hace rato las muñecas y ahora el interés está en sus pares.
"La primera vez que lo hice fue en el Club de Polo de acá", cuenta Emilia, 16 años.
"Estábamos en una fiesta y como nadie nos llevó de vuelta, empezamos a caminar.
Los dos estábamos alojando a varios kilómetros, así es que pasamos por el Polo y él me dijo: Metámonos aquí.
Entramos y empezamos a caminar por el pasto, nos sentamos, nos dimos besos y, bueno..., hicimos el amor.
"Yo, dice María, me fui el verano pasado, como en esta época, a la casa de una amiga a Algarrobo.
Cerca de nosotros había una casa con puros gallos.
Yo me puse a pololear con uno y una noche que salimos a caminar a la playa, lo hicimos.
Mis papás se mueren si saben, juran que yo ni siquiera he dado un beso".
- ¿Cómo es acostarse por primera vez?
"La primera vez, da vergüenza.
Los hombres son bruscos y altiro quieren que una se saque la ropa; además da nervio cuando te tocan y ves en ellos lo que nunca has visto en nadie", explica Alejandra.
"¡Sí, eso es heavy!, yo tengo hermanos chicos y los he visto piluchos, pero ver a un gallo de 17 o 18 años excitado es heavy", dice Jacinta.
El por qué y el rol de los padres
Isabel Santa María, psicóloga de la Universidad Católica, quien trabaja con adolescentes, señala que existen distintos tipos de riesgos cuando se lleva a cabo una relación sexual en forma precoz y de manera impulsiva: desde la posibilidad de un embarazo, hasta transformar la experiencia sexual en sólo "experimentación", en "hacedor de sexo", impidiendo la integración de sentimientos como la ternura y el respeto por el otro, propios de la sexualidad madura.
Las motivaciones para las relaciones sexuales precoces son tan variadas como cada adolescente, pero, en general, señala la experta, puede haber un deseo imperioso de contacto, de llenar una carencia afectiva, de pertenecer al grupo de pares para no sentirse excluido, una forma de agresión hacia los padres y la sociedad, el resultado de una rigidez o laxitud excesiva en la demarcación de límites de los padres, o bien, un modo de fundamentar su propia autonomía, entre otras.
Muchas veces se cree que una consecuencia negativa de la sexualidad vivida precozmente, podría ser el sentimiento de culpa que la acompaña.
Sin embargo, según la psicóloga, es esta culpa la que permite una reparación reconstructiva de sí mismo y una toma de conciencia acerca de su propio cuerpo, afectos, deseos y de las consecuencias objetivas y subjetivas de estas relaciones.
Lamentablemente, añade Isabel Santa María, en nuestra cultura (con escasos ritos de iniciación) se ayuda poco al adolescente que tiene una rápida maduración biológica (con capacidad de procreación) y una lenta maduración afectivo-emocional.
Para llegar a una sexualidad madura y gratificante, él debe ir pasando por distintas etapas (y esto en cualquier ámbito).
"Desde una sexualidad autoerótica, con descubrimiento de su cuerpo y el mundo de sus fantasías, hasta la integración de ello con una persona real.
Desde una relación con otro que es como un espejo de sí mismo, hasta el encuentro con un otro que se acepta como diferente a sí mismo; desde la necesidad de hacer las cosas al modo lo quiero, lo tengo, hasta la capacidad de tolerar la frustración que permite crecer".
El adolescente precoz (en el sentido de que vive "a destiempo") puede exponerse no sólo a asociar la sexualidad con algo poco gratificante (pues a esa edad las experiencias sexuales no son sólo placenteras, además están teñidas de mucho temor, como cualquier experiencia completamente nueva), sino que al prevalecer sólo la búsqueda de lo sensorial, se arriesga a perder la riqueza de lo afectivo y lo simbólico y, por lo tanto, a empobrecer su personalidad".
- ¿Cómo pueden ayudar los padres a que asuma su sexualidad de una manera más acorde a su etapa de madurez?
"La mejor manera de ayudar al hijo es a través de la capacidad de contenerlo: de aceptarlo en su diferencia, de tolerar su ambivalencia y acompañarlo en esta difícil tarea.
Para eso no es preciso sólo seguir las instrucciones o tener la voluntad de hacerlo, sino hacerse cargo de la propia adolescencia pasada, de la teoría personal acerca de la sexualidad, de su relación con ese hijo, de sus propios sentimientos acerca de qué le está pasando a él, que mientras el hijo está en la cúspide vital, ellos van en el camino de vuelta.
"Siempre la adolescencia ha sido un período crítico, pero hoy varía en amplitud e intensidad y en las soluciones que se dan para resolverla".
Flora de la Barra, psiquiatra de niños y adolescentes de la Clínica Las Condes, coincide con esta mirada del tema.
"Los padres tienen un rol importante que cumplir en la vida de los adolescentes.
Deben orientarlos hacia una sexualidad responsable, integrada al resto de su vida".
Las conductas paternas, explica la especialista, que ayudan a los hijos a desarrollar así su sexualidad, empiezan desde que el hijo es preescolar, mostrándole una relación de pareja afectuosa y contestando a sus inquietudes.
En la edad escolar, hay que dar confianza para que pregunte lo que quiera y se informe sobre la reproducción, las relaciones sexuales, los anticonceptivos, el amor de pareja, el respeto a su propio cuerpo, etcétera.
En la adolescencia hay que hablar especialmente de los últimos puntos.
De manera de prevenir que inicien su vida sexual de un modo improvisado e irreflexivo.
Así, las probabilidades de tener relaciones sexuales "deportivas" disminuyen y se reservan para cuando exista una relación de amor.
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